diary

something is burning / notes
Publicado en Substack · febrero de 2026. Escrito durante las navidades de ese mismo año.

#1

«Estos árboles son muy amorosos. Sí, se dejan abrazar muy bien». Nos lo dijo mirando a los falsos pimenteros de delante de la estación del Portillo. Cogió unas ramas y se las pasó por la cara. «También sirven de antiinflamatorio, pero su uso más común tiene que ver con alejar a los mosquitos».

Mi padre consigue encontrar puntos de anclaje hasta en los terrenos de una vieja estación a punto de ser derribada. Cuando estamos en casa, la cosa cambia. Tengo la sensación de que en casa los automatismos son más severos, las conversaciones más predecibles, los temas de conversación, más limitados. Nuestra casa funciona como un ecosistema independiente, con vida propia. No hay árboles a los que abrazar, más bien heridas que esconder.

Llegamos y mi ansiedad no me dejaba pensar, estaba demasiado ocupada intentando predecir las infinitas rutas por las cuales nos podría llevar la conversación, los infinitos puntos de inflexión que podrían desestabilizar nuestro equilibrio. Llevaba un tema pensado en la cabeza, algo sobre lo que hablar antes de que el tema se sacara sólo. Un mecanismo defensivo con el que intentar escapar del paisaje de Waddington que habitamos.

Y es que la bolsa de temas recurrentes es muy escueta y casi todos habitan en el enfado. Hablar del pasado, pero con orgullo, sin embargo, suele ser otra cosa.

Al preguntarle por su abuelo Juan, su cara cambió, también su mirada. Nos contó que era un señor respetado; había estado viviendo en África, sirviendo a un tipo inusualmente amable mientras era cabo primero. No hubiera vuelto al pueblo pero la guerra se acabó. No volvió a trabajar nunca más: se rodeó de mujeres para no tener que hacerlo.

Aquí es cuando nos empezó a hablar de su abuela Anastasia, la verdadera cabeza de familia, con su largo pelo siempre recogido y su dentadura ausente; con sus nervios que la consumían y no le dejaban parar; con su exquisita cocina y sus habilidades como mondonguera; con su trenza interminable, recogida; con la madera en la cabeza y el pan en la madera.

Analizaba su vida y me daba cuenta del origen de su malestar. Porque cuando uno ha visto lo que hay abajo, el vértigo es más difícil de sobrellevar. Pero pese a que las historias que contaba eran de pobreza y penurias, el orgullo no abandonó su mirada. Y pensé en cómo el arraigo es capaz de contrarrestarlo todo. El saber de donde viene uno y cómo las cosas se dan.